miércoles 4 de junio de 2008

Viejo rico, nuevo pobre

Creo que a estas alturas no me dejo impresionar con facilidad, pero quiero contarles que ayer vi algo que me dejó fuera de lugar. Igual usted también lo vio...

Ocurrió en un vagón del Metro de Madrid, línea 7, poco antes de las tres de la tarde. Iba trajeado aunque con la camisa por fuera y la corbata guardada en un bolsillo, a punto de caerse. Calvo, con las gafas algo manchadas y barba de una semana. Cuando se acercó lo entendí. Llevaba la mano abierta con la palma hacia arriba y pegada al pecho. Me impresionó porque estaba llorando, a moco tendido, con dos fuentes por lagrimales, con la barbilla temblando, con este hipo que te encoge los hombros para respirar medio segundo entre sollozo y sollozo. Por la edad, podría ser mi padre.

Tenía delante la diferencia entre un pobre y un pobre hombre. El pobre de hoy toca el acordeón con un altavoz, practica malabarismos en los semáforos, se queda como una estatua en El Retiro, vende flores, mecheros luminosos o deuvedés piratas. En mi pueblo el pobre se cuelga un cartelito en el cuello explicando que es “povre, tiene ambre y sinco ijos”. Este pobre hombre era un novato de la mendicidad, ahogado en su propia pena o en su misma culpa. Estoy convencido de que daba más lástima porque es el pobre mejor vestido que vi nunca, de raya diplomática y zapatos aún brillantes.

A saber cómo había llegado hasta ahí. A saber cómo había llegado a pedirme dinero en pleno vagón del Metro. Cierro el libro, busco alguna moneda y ya ha pasado de largo. Va como zombie, le ponen calderilla en la mano y se le acaba cayendo al suelo. Con la de desgracias que hay en el mundo, con la de miseria que nos rodea... y la pena que me dio a mí este hombre.

Esa mañana me había despertado con la subida del desempleo en abril. Quizá no tuviera nada que ver, pero pudiera ser que ayer me encontrara en un vagón de la línea 7 a uno de los 37.542 nuevos parados. Quiero pensar que ayer le puse cara a la crisis, que tiene nombres y apellidos. Porque 37.542 personas es el censo de mi pueblo entero. La inflación también ha llegado al precio de las lágrimas.

japinero@puntoradio.com